¿Qué pasa con el poder? [1 x 01 (Black Mirror)]

Black Mirror es una de las mejores series de los últimos años, hasta aquí estaremos de acuerdo. Ahora bien, existen muchas visiones y opiniones sobre la misma: algunos nos dicen que es una serie terriblemente pesimista, que se abstrae demasiado de la realidad para criticar derivas actuales que no son realmente así; otros, más realistas, ven en la serie una feroz crítica al devenir de la modernidad. Lo que bien es cierto es que causa furor, triunfa y la gente la sigue. Podríamos incluso llegar a aventurarnos a situarla entre las mejores series de esta década. Desde dvyp.blog hemos querido traer, en la medida de nuestras humildes posibilidades en cuanto a tiempo y a conocimiento, un pequeño análisis de cada uno de los episodios que creamos oportunos (serán la mayoría).

Hoy hablaremos del primer capítulo de la serie. Con el que se presentó al mundo y con el que lo conmociono. 

Decía Marx, criticando a los escritores franceses en su manera de tratar, con condescendencia y desde la superioridad moral, a los economistas ingleses – cínicos y ácidos – que ilustraban las fuerzas productivas como auténticos monstruos; que la molestia de la que hacían gala no era sino una forma de negar dicha morfología – invasiva – de las fuerzas en el Mercado. Y que un malpensado podría ver en esos reproches al lenguaje de Smith y Ricardo un síntoma de que no se quieran explicar ni ver estas relaciones de fuerza que intervenían sobre las personas. Que lo hacían, en fin, porque veían traicionado el misterio de la dominación burguesa, eran los reaccionarios de verdad.

He creido oportuno empezar desde las ocurrencias y el pensamiento de Marx entorno al humor y a la sátira porque Black Mirror no se puede entender – en especial este episodio – sin saber de donde viene su creador. Es un cómico, uno de esos a los que se les llama irreverentes. Se hizo famoso por una viñeta que abordaba la crítica del maltrato animal en el vídeojuego de Tomb Rider. Su carrera se resume en: humor, sátira y ácidez. (Su Wikipedia en inglés es bastante completa)

Cualquier episodio de Black Mirror es una aventura cínica y desde el humor en el pensamiento de la modernidad, y eso significa, por tanto, un planteamiento crítico de ésta.

Hagamos un pequeño resumen del capítulo: La princesa Susannah, la inocente y primogénita del Reino Unido, es secuestrada por alguien que pide a cambio de su liberación la emisión del Primer Ministro de UK teniendo relaciones sexuales con un cerdo, en directo y por TV. Veremos como una sociedad, aparentemente desvinculada del gobierno de lo cotidiano, exigirá a través de las Redes Sociales su emisión y como los medios, con ansias de visitas y revuelo, avivarán este despertar de la gente con entrevistas, informativos y demás noticias suculentas y perversas.

He aquí mi análisis:

I) El Poder simbólico sin Poder.

Quizás, lo primero de lo que podemos darnos cuenta es de los límites de representación en las democracias liberales, tal y como las conocemos. El mito que vertebra dichas democracias es el mito de la representación que viene dado por una serie de debates ontológicos sobre la formación del Estado que realizaron los antiguos. Desde Aristóteles y Platón, pasando por Hobbes, Locke y Rousseau y llegando a Marx, Arendt o Derrida. Existe un común a todos ellos: la idea de soberanía y como esta se puede delegar en un grupo de personas sin que los delegantes pierdan su libertad soberana.

En la serie vemos donde la teoría liberal choca y se aventura a construir sobre un abismo: el terrorista (si se le puede llamar así) no exige que la Nación inglesa, encarnada en el Primer Ministro practique zoofilia, todo lo contrario, se ridiculiza al Primer Ministro en tanto que personaje y persona, y no al comisario del pueblo en tanto que institución que encarna el poder soberano.

El famoso contrato social no funciona. No existe, como diría Hobbes, un Soberano que absorbe el Derecho Natural de sus iguales para proveerles de las garantías necesarias de existencia. Es una ilusión que emana de un poder constituido sin un pueblo detrás. Es un poder despótico en su fundación (momento constituyente) y en su día a día, no es un poder basado en lo común, y, ni mucho menos, en el sueño republicano de libertad y de gobierno.

Esto solo puedo significar una cosa: que Presidente y Pueblo no son la misma cosa. En el reino absolutista del liberalismo podemos entender que democracia y dictadura se distinguen en lo siguiente (cuando no hay un control del poder desde la democracia plebeya):

La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.

– Charles Bukowski

Una vez abordado esto (la fundación ilegítima del poder), hemos de entender porqué y cómo fracasa en los parámetros de este episodio y su estructura se derrumba, al menos en esencia, mientras que no hay sexo con el cerdo.

La consecuencia directa de esta forma constituida es su ausencia de sustancia constituyente. Las sociedades liberales parten de la premisa fundamental que sus estructuras de poder son justas, es decir, que no emanan de un momento ni de una circunstancia histórica fuera de la legalidad. Lo cual es falso. Para eso debemos dar un paso atrás en el tiempo para ver más allá de nuestro horizonte. Hay que regresar al momento constituyente. Esto es retomar a Derrida. En una de sus obras más distinguidas, Derrida realiza un proceso reminiscente de lo que es el Poder y la Fundación de las sociedades liberales, se trata de Fuerza de Ley, el fundamento místico de la Autoridad. Cuando Derrida habla de misticismo, no se remite a una experiencia divina, se refiere a un punto concreto de la historia donde legitimidad e ilegitimidad nos resultan extranjeras  y poco cercanas. Este axioma nos traslada al punto siguiente: tenemos una sociedad constituida que niega la violencia y rehuye del concepto de autoridad pero que sin embargo su fundación se explica por la puesta en práctica de herramientas y procedimientos fuera de la Ley.

La consecuencia de dicha constitución es muy política, no solo filosófica. Esto significa que la violencia debe ser apartada de la esfera de decisión política lo suficiente para que no parezca un recurso recurrente del Poder, pero lo bastante cerca para que ese poder tenga una validez material y no solo simbólica.

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El epicentro del Poder en crisis

Estamos abocados a Foucault y a Nietzsche: el Poder (entendido como aquellos que detienen el monopolio de la fuerza coercitiva) rehusando de su vinculación con la fundación violenta de su autoridad, parte el bacalao en tiempos de paz sin oposición aparente (esto significa que solo opera gracias a su relación simbólica con la autoridad), pero en tiempos donde las distribución de la fuerzas materiales cambian, su legitimidad pierde intensidad, pues no está ejerciéndola constantemente.

Es lo que ocurre en el episodio. Internet es esa redistribución (casi democrático plebeya) del poder material y el Poder se desquebraja por su injerencia, esto es que su legitimidad simbólica se ve disuelta de manera abrupta por su puesta en cuestión material, porque, al fin y al cabo, el poder simbólico no existe sin el dominio (al menos aparente) de las fuerzas materiales.

II) Performance y sociedad del espectáculo:

No entenderemos la dimensión de la puesta en cuestión de la representatividad en el capítulo sino intentamos proponer ideas sobre la reacción social frente al escándalo, frente al espectáculo.

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina.

– M. Benedetti

Parece tremendamente familiar el tratamiento de las Redes Sociales. Eso es porque está enraizado en un mundo completamente posible. El fenómeno más cercano: las fake news. El propio término se ha desvirtuado. Hemos de volver a la serie. Vemos como, la fuerza de la gente canalizada a través de las redes sociales, se convierte en un mal único que avanza impasible como una bola de nieve hacia una misma dirección: la de la zoofilia televisada. También durante el devenir de los acontecimientos asistíamos a como el Poder intentaba utilizar las herramientas tradicionales para escapar de sus responsabilidades. Se intenta cualquier cosa para evitar esa imagen publica. Esto provoca que el escándalo devenga una herramienta política incontrolable, recuerda, por sus similitudes morfológicas al Mercado neoliberal: funciona por encima de lógicas democráticas, es “políticamente” incontrolable y en ocasiones parece que se estimule mediante oferta.

Debord, en La Sociedad del Espectáculo, dice lo siguiente:

La conciencia del deseo y el deseo de la conciencia conforman por igual este proyecto que, bajo su forma negativa, pretende la abolición de las clases, es decir la posesión directa de los trabajadores de todos los momentos de su actividad. Su contrario es la sociedad del espectáculo, donde la mercancía se contempla a sí misma en el mundo que ha creado.

El espectáculo es el sueño neoliberal. Una mercancía incontrolable por el Estado y tremendamente codiciada. Pero si es incontrolable es, precisamente, porque la estructura estatal no es la adecuada, acaece de los problemas que compartíamos más arriba.

Pensemos de manera sociológica. ¿Cúal es la utilidad social del espectáculo y por qué funciona?

No sirve, por tanto, el individualismo metodológico. No sirve pensar, como diría Thatcher, que no hay sociedad. El espetáculo es social porque sobreviene por encima de todos los individuos, dejando patente la patología que padece la sociedad, el individualismo. Si funciona de manera tan poderosa solo puede ser porque solventa un mal: la soledad. La distancia humana entre los individuos, puestos en competencia entre sí, supone que el escándalo funcione en tanto que catalizador entre humanos, entre seres sociales.

En este episodio vemos cual es el fruto del escándalo: la unión entre ciudadanos. Gente que se junta en bares, restaurantes, sofás o que paran juntos su oficio para contemplar esa escena de zoofilia. Se debe a un episodio prolongado de anomia, un momento donde la gente, alentada por un discurso x, no encuentra en la Sociedad y sus normas las instituciones necesarias para realizar dichas metas. El mal está dado, solo hace falta algo que lo calme. Construye un nosotros en un mundo líquido.

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Es relevante pues la dimensión que adquiere el concepto de performance. Zizek, en una entrevista para ABC, dice:

Aunque tuve un debate interesante en China sobre él [Duchamp], en el que la gente no entendió lo que quería decir. «Tienes un urinario, lo expones y se convierte en una obra de arte, ¿no?», le pregunté al comisario de un museo: «¿Qué pasaría si subiese al escenario y mease en él?». Me dijo: «Serías un vulgar, porque mostrarías que no entendiste la obra. Esto es una obra de arte, ya no es objeto para ser usado con tal fin». ¿Sabes cuál fue mi respuesta?: «Pero, ¿qué pasa si afirmo que soy un “performer” y que el acto de orinar es, por lo tanto, una obra de arte, una “performance”?».

Lo cierto es que esto requiere una filosofía del arte detrás para poder analizarse debidamente, pero Debord dice esto sobre el espectáculo y el objeto último del espectáculo:

El espectáculo es el dinero que solamente se contempla porque en él la totalidad del uso ya se ha intercambiado con la totalidad de la representación abstracta.

– Guy Debord

La performance, con la que finaliza el episodio, es el hecho de violar a un animal. Pero el performer no es el Primer Ministro, sino el terrorista. Ergo, la supuesta obra de arte, galardonada al final del episodio con el premio Turner, no la realiza el artista. Pura posmodernidad. Por eso se suicida el performer, porque consigue realizar la obra que no desearía haber realizado.

A modo conclusivo, diremos que: la construcción morfológica del Estado liberal y su legitimación política en conjunción con el predominio hegemónico del Mercado provoca situaciones materiales objetivas de anomia. Eso significa, la ausencia de referencias sociales que dirijan la vida de las personas. Lo que hace este capítulo de Black Mirror es, sin ninguna duda, desnudar la farsa a través de la cual el Estado liberal se legitima y se construye. Recordemos: no es el Pueblo inglés quien se folla al cerdo, es el Primer Ministro. Es la concepción que Rousseau tiene sobre la representación: no se puede representar algo que no se tiene en cuenta. El mismo dice en El Contrato Social: 

Afirmo, pues, que no siendo la soberanía sino el
ejercicio de la voluntad general, no puede
y que el soberano, que es un ser colectivo, no puede
representarse sino por sí mismo, pudiendo el poder
transmitirse, pero no la voluntad.

No hay pueblo detrás del Primer Ministro cuando se folla al pobre animal. Quizás porque el pueblo está delante de él mientras lo hace. Por eso, en última instancia, la gente que asiste a dicho acto no puede más que apartar la mirada. Se los están follando.

 

 

PDF de interés:

Rousseau – El Contrato Social – Selección definitiva

Debord – La Sociedad del Espectáculo

fuerza-de-ley–el-fundamento-mstico-de-la-autoridad-0 (Derrida – Fuerza de Ley)

Marx – Miseria de la filosofía

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