El vals de la masa estructural

 – Venga, será divertido –insistió él, metiendo la mano debajo de su falda.

– No, no me toques, déjame en paz –se revolvió ella, acelerando el paso por la oscura callejuela de la gran ciudad.

Él también empezó a caminar más rápido, cada vez más y más. Y ella, espolonada por el miedo, corría delante suyo, sin atreverse a mirar hacia atrás.

Después de que tener la escena descrita en la mente, parémonos a analizarla. Si alguien no cree que estamos ante una actitud machista, por favor que cierre al salir. Para el resto: habéis adivinado, es una actitud machista de manual. ¿Y cómo la hemos identificado? Sí, es posible que el concepto abstracto de machismo haya definido los límites etéreos de una idea más o menos amplia, es posible que una búsqueda rápida en la RAE nos permita clasificar la situación. Pero todo eso es papel mojado –o ideas mojadas- delante del motivo principal por el cual hemos identificado el asunto, con necesidad de escasas líneas descriptivas. Y éste no es ni más ni menos que la repetición de estas situaciones, en todas las variantes posibles, en la praxis vital de todos nosotros. Son los hechos materiales y no las ideas preconcebidas las que nos permiten identificar conductas, pues las ideas vuelan, y los hechos son analizables objetivamente (diga lo que diga el posmodernismo).

Vayamos unas coreografías más allá en este baile que hemos iniciado, paso a paso. ¿Son estas situaciones, junto con otras relaciones de poder en otros ámbitos, las que crean un patrón que nos permite hablar del significante “machismo”? ¿O son todas las situaciones como ésta, donde se establecen relaciones de poder y privilegio del hombre sobre la mujer, fruto de un determinante común, de una estructura que impregna nuestras conductas?

Tratemos la primera hipótesis, que es la del arcaico liberalismo. Un hombre de bien –como no sé, me viene a la cabeza De Guindos- te dirá que sí, que existe machismo, pero es culpa de los hombres que son machistas, no culpa del contexto de los hombres. Precisamente esa es la virtud de un buen liberal: no tener nunca en cuenta el contexto, aislar a los seres humanos, individualizarlos hasta el ascetismo; eso significa que si quien escribe estas líneas tiene alguna vez una actitud machista, responde al hecho de mi personalidad, de mi Ser, del –pecando de nacionalcatolicismo- libre albedrío judeocristiano. Bueno, realmente no me imagino a De Guindos llegando a esas conclusiones, pero imaginemos a alguien mínimamente capacitado y ya.

Y luego yo, individuo machista, juntando mi situación con las de otros individuos machistas, creamos el concepto “machismo”; y crisis teórica solucionada. El machismo aparece entonces como las manchas de alcohol en la camisa un domingo de resaca: no sabes de dónde han salido, pero ahí están. Pum. Generación espontánea, el individuo en su libertad sagrada es machista porque quiere y aquí paz y después gloria. Extremadamente deficiente.

Consecuencia legal que se propone en nuestro Estado de Derecho, tan liberal como siempre: aumentamos las penas de cárcel sobre el individuo, porque al fin y al cabo tan solo somos capaces de contemplar la escena con la lupa puesta en éste; sin tener en cuenta qué diantres le rodea. El individuo es libre para hacer el bien y para hacer el mal; si hace el mal es porque él quiere, y nuestra respuesta es que tenga más miedo de nosotros –de nuestra dura consecuencia penal- que ganas de violar a alguien, porque lo único que determina al individuo es su propia voluntad. El individuo es un Dios, con una voluntad férrea que doblega montañas; nada que no sea él mismo lo condiciona, es más: él condiciona todo lo que no sea él mismo.

Y ahora, si hacen el favor de quitarse la lupa de la deficiencia intelectual que supone centrarse únicamente en el individuo como Ser único de la creación de nuestro Señor, hablemos de cosas más serias. Dejemos los juegos de niños, seres embobados por los píxeles de la televisión que los apunta –que los afecta- directamente, y contemplemos toda la habitación. Movámonos a la segunda hipótesis.

Consideremos al individuo, sí, un individuo libre, sí, capaz de tomar decisiones, sí, pero todas esas decisiones determinadas por factores externos a él mismo, su voluntad forjada no por la existencia teológica de un “alma” individual, sino por lo que rodea al individuo. En su posición extrema, podríamos llegar a negar la libertad del individuo, pues todas sus decisiones-consecuencias dependen de su voluntad ya determinada por causas que le afectan directa o indirectamente, ¿cómo puede ser alguien libre si incluso un cambio de opinión en el último segundo supone la consecuencia de una causa más fuerte que la causa que le había hecho tomar la primera decisión? Incluso ese cambio está determinado por un factor que hace que el individuo escoja B antes que A, que era su opción inicial. Pero esto da para otro artículo, o una tesis doctoral.

Centrándonos en el caso que nos atañe, consideremos una superestructura que afecta a todos los individuos de una determinada colectividad; una superestructura creada no por el azar, sino por los intereses de una determinada clase/grupo de poder. Llamémoslo, quizás, patriarcado. Llamémoslo capitalismo o llamémoslo supremacía blanca. Llamémoslo X, pues no por cambiar el significante cambia lo que algo es objetivamente; dejemos el relativismo aparcado en la papelera de reciclaje.

“El hombre es creación histórica, expresión de las relaciones entre la voluntad humana situada en la superestructura de una formación económico-social y la estructura económica de la sociedad”
– Antonio Gramsci

Esa superestructura que actúa de dique frente a las demandas de igualdad de condiciones entre hombres y mujeres (brecha sexual y de género), entre empresario y asalariado (brecha económica) y entre blancos y negros (brecha racial), por mencionar unas cuantas, es el factor determinante que nos afecta a todos. Ese patriarcado, esas clases sociales, esa pureza racial es la que nos determina a actuar como machistas, como clasistas y como racistas. Es un foco, no un fin, es un “algo” creativo socialmente, no un cuenco donde finalizan las conductas que se parecen. No son las situaciones machistas las que crean un concepto como “machismo”, sino que es el patriarcado el que el impregna las relaciones, y éstas relaciones derivan en machismo. De lo general a lo concreto, de la colectividad al individuo y de las causas hasta las consecuencias, de eso va la historia.

Entonces, ¿es suficiente, es necesario, es útil, un aumento de las penas por violar a alguien? Puede, pero a corto plazo, pues se cambia la bombilla de un sistema eléctrico corrupto. Abramos zanjas y cambiemos el cableado, pues si no la historia se repite, tomando prestado el lema máximo del materialismo histórico. Sólo la toma del poder por parte de las clases y colectivos dominados, a través de un consenso social de ruptura que permita replantear la educación y mantener la hegemonía cultural de las masas oprimidas –mujeres, trabajadores, negros, etc.-, sólo una formalización de la ruptura, del pueblo siendo Estado -en términos gramscianos, es capaz de eliminar esas superestructuras, que per se sirven para apuntalar el poder. Sólo una revolución cultural desde abajo, nos puede permitir soñar con una erradicación absoluta de todos los determinantes que nos infectan como parásitos.

Si no queremos que se repita la escena inicial, hay que entender esto: el machismo es consecuencia del patriarcado, el patriarcado de la clase dominante, que suelen ser hombres (y blancos y ricos), y hay que reconocer el influjo de las superestructuras como ésta en las masas estructurales oprimidas. Sólo moviéndonos, bailándoles y pasándoles por encima, moveremos nuestra ficha desde la opresión a la libertad.

“No es posible democratizar la enseñanza de un país sin democratizar su economía y sin democratizar, por ende, su superestructura política”
– José Carlos Mariátegui

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